QUEBRANTAHUESOS 2016. SÍ, ESTUVIMOS ALLÍ. Por Angel Narro

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Ahora que nos encontramos inmersos en pleno proceso de sorteo para la participación en la próxima edición de la Quebrantahuesos queremos ofreceros nuestra crónica reposada, madurada y envejecida en barrica de roble de nuestra participación en la prueba de 2016. Cada vez que hemos tenido la ocasión de charlar con otros cicloturistas, todos rememoran la extraordinaria dureza de esta edición y contribuyen a engrandecer la leyenda de aquella marcha en la que participamos, y que también, llegamos a terminar. Aquélla fue nuestra primera vez, nuestro bautismo de fuego en una prueba de gran fondo. Así, a través de los ojos de un novato, de todo un neófito en carreras de este tipo, podremos construir un relato en retrospectiva de las sensaciones y emociones vividas sobre nuestras bicicletas aquel mítico día de ciclismo del mes de Junio.

 

Cinco de nosotros fuimos los que finalmente nos inscribimos para tomar la salida en esta prestigiosa marcha cuya calidad y exigencia conocíamos por los medios y por boca de otros compañeros de fatigas que habían participado en ediciones anteriores. Dos de nosotros teníamos como objetivo intentar acabar con un tiempo aceptable, ya que habíamos realizado una preparación específica para la ocasión, siguiendo como buenamente podíamos recomendaciones de uno y otro lado que aconsejaban hacer tal o tal cosa o entrenar de tal o tal manera –gracias, oh San Chema Arguedas–. Los tres restantes lo plantearon como un reto algo más lúdico, conscientes, en todo caso, de la dureza de los ciento noventa y tantos kilómetros que nos aguardaban en el incomparable escenario de la cordillera pirenaica. Sin embargo, todos compartíamos la ilusión del principiante, del niño pequeño ante su primera excursión de colegio, y la inquietud, mezclada con algunos atisbos de preocupación y cierto fastidio por las previsiones climatológicas, se notaba en el ambiente el día previo a la prueba hasta de que caímos rendidos –los que pudimos– en los brazos de Morfeo.

Hemos de reconocer que la llegada a Sabiñánigo ya nos había impresionado el día anterior en la recogida de dorsales pero la presencia de tanta gente sobre sus bicicletas preparada para disfrutar –y también, por qué no, padecer– un día terrible de cicloturismo, era un maravilloso y policromado espectáculo que llevábamos unos cuantos meses esperando vivir. A la hora de tomar la salida, decidimos separarnos en dos grupos, según nuestros intereses, pero a pesar de nuestra intención de salir algo más adelante, la marea de gente sobre el asfalto nos impedía poder progresar. Nosotros logramos acabar, pero el grupo de nuestros compañeros se vio afectado por el polémico corte anticipado de la Gendarmería francesa, lo que provocó cierto malestar entre los afectados. El próximo año seguro que consiguen su objetivo.

Aguardando el pistoletazo de salida, las nubes se amontonaban en el horizonte y como la pólvora se iba extendiendo el rumor entre el megapelotón de que en la parte francesa la lluvia iba a ser constante. Empezaba bien la cosa. Todavía con el objetivo de intentar realizar un buen tiempo, pero al mismo tiempo con la seguridad de que lo más importante era disfrutar y de que, si las condiciones no lo permitían, cambiaríamos sobre la marcha de plan, pasamos junto al speaker que leyó de manera atropellada la leyenda sobre nuestro maillot. Con los bolsillos repletos con guantes, manguitos, chubasquero e, incluso, cubrebotines, intentamos acelerar el ritmo desde el kilómetro 0 para poco a poco ir adelantando posiciones en el tramo de autovía hasta Jaca. En el horizonte se divisaba un auténtico reguero de corredores formando grupos de tamaño irregular a los que, tras coger nuestro propio ritmo, fuimos rebasando hasta que, al girar la cabeza, nos dimos cuenta de que habíamos creado nuestro propio pelotón. Había galgos, eso sí, que sólo pudimos contemplar en la lejanía. Hay mucha gente buena por ahí.

subida somport
Subida a Somport

En alguna de las marchas cicloturistas anteriores en las que habíamos participado habíamos tenido la ocasión de tirar de un grupo, pero nada comparado con la sensación de sentir tu rueda seguida de un escuadrón ciclista de aproximadamente 200 integrantes. Así, a una media superior a 33 km/h llegamos a Jaca para afrontar la primera subida del día, la ascensión a Somport, para abandonar España y entrar en Francia con la histórica estación de tren de Canfranc como referente, presidiendo a nuestra diestra el desfile ciclista que le rendía tributo. Los casi 26 kilómetros al 3% que dura la ascensión no nos resultaron especialmente exigentes. La calidad del asfalto, la anchura de la carretera, la ausencia de rampas duras, la ilusión del principiante y las baterías cargadas propias de un inicio de carrera hicieron que utilizáramos el plato grande en buena parte de la ascensión para después aliviar la carga con el pequeño en el último tramo de la misma. A lo lejos, reinaba en el horizonte una oscuridad inquietante, y a medida que nos íbamos aproximando a la estación de esquí de Candanchú, las primeras gotas empezaron a caer sobre nosotros. Y tras ellas, los primeros participantes que decidían darse la vuelta y volver a la casilla de salida. No vamos a negar que algo de canguelo sí que consiguieron infundirnos en esos últimos kilómetros bajo una capa fina de lluvia hasta llegar al primer punto de avituallamiento. Sin embargo, la experiencia en la Ruta de los castillos de Ayora, en la que abandonamos precipitadamente por culpa del agua y de la psicosis colectiva que provoca un cambio repentino de las condiciones climáticas, nos ayudó a mantenernos firmes en nuestro propósito de continuar, eso sí, olvidándonos ya de cualquier objetivo cronométrico. Sólo ganas de sufrir y de disfrutar, si es que el día lo permitía.

La precaución se observaba claramente en el descenso. En casos como éstos es preciso mantener la cabeza fría, no abusar en exceso de frenada, no dejarse llevar por las prisas de algunos que adelantan por la izquierda como si no hubiera mañana, y ser conscientes de las habilidades propias y ajenas y de las condiciones de la carretera. En una bajada que en condiciones normales se hubiera efectuado a un ritmo endiablado, apenas superábamos en ciertos tramos los 40 km/h y el freno, inconscientemente se tocaba más de lo debido cuando se observaba a algún accidentado en la cuneta. Afortunadamente, ninguno parecía tener nada más que unas magulladuras superficiales, pero representaba la más efectiva señal de atención para el resto de corredores.

El frío en aquel momento era el enemigo a batir. Sensación de menos algo. Pulsaciones cayendo en picado. Debíamos pedalear a conciencia para evitar la hipotermia y calentar el cuerpo en nuestro camino hacia la segunda dificultad montañosa de la jornada, el Col de Marie-Blanque, para muchos el punto de inflexión de una carrera en la que, a pesar de todo, los paisajes a uno y otro lado, nos hacían olvidarnos las penurias del camino. La lluvia en el llano hasta el puerto había dado una tregua. No duraría mucho. Las nubes no se disipaban. El chubasquero del que nos habíamos despojado al inicio de la ascensión, lo tuvimos que recuperar a mitad de la misma. Las fuerzas, tras haber seguido las pautas marcadas para nuestra correcta alimentación, nos seguían acompañando y sólo el exceso de tráfico nos impidió haber realizado un mejor registro. Aquí se veían ciclistas serpenteando y cabeceando de un lado a otro de la calzada, gente que resoplaba, que reía irónicamente cada vez que un nuevo cartel anunciaba el suplicio al que nos teníamos que enfrentar en los próximos mil metros. 11, 12, 11, 13, 14, 12, 13%. Parecía que el ciclocomputador se había atascado en los porcentajes de dos cifras y que aquella carretera estrecha, mojada por una lluvia constante que por momentos se hacía harto molesta, no acabaría nunca. Pero dicen que después de la tormenta viene la calma, y en este caso la calma se revestía de sonido de gaitas y dulzainas de la banda que amenizaba el paso de los corredores en la cima del paso de montaña y del nuevo y definitivo alto el fuego que la tormenta, por fin, nos ofrecía.

El descenso del Marie Blanque es probablemente uno de los más bellos parajes por los que hasta ahora hemos tenido ocasión de rodar. Y la lluvia aquel día, pese al punto extra de peligrosidad que le daba a nuestra trazada, reavivaba todo el arco cromático de matices del verde que adornaba y daba esplendor al valle que nos conducía a nuestro recto camino de vuelta a la patria. El tramo hasta Laruns lo aprovechamos para volver a coger ritmo antes de la subida final, pues nos decíamos que, después de todo, el puertecillo de Hoz de Jaca, ya no sería más que una pequeña piedra en el zapato.

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Parada técnica antes de la subida al Pourtalet

Tras el paso por Laruns, comenzamos juntos la subida al Pourtalet. 26 kilómetros al 4,4% se antojaban una empresa complicada, que sólo podríamos resistir con cabeza fría, piernas calientes y bocados periódicos a nuestras barritas energéticas. Los primeros 7 u 8 kilómetros los hicimos juntos, pero pronto aquello se convirtió en una lucha individual en la que la montaña imponía sus normas, su particular dictadura de la soledad. Tú y tus pensamientos. Introspección y entrenamiento mental forzado. Mi compañero me dijo que tirara hacia adelante y seguí a mi ritmo, de pie sobre mi bicicleta, sobrepasando en cada curva a grupos de corredores por cuyo ritmo intuí que la dureza de la carrera les comenzaba a hacer mella. En aquellos casi 20 kilómetros de ascensión en solitario tuve tiempo para todo. El silencio reinaba. Nadie decía nada. La concentración se mascaba en el ambiente. Parecía una de aquellas procesiones de penitencia pascual en las que el silencio religioso se mezcla con la devoción de los asistentes, y es que aquí también Dios y las oraciones parecían estar muy presentes en los pensamientos de más de uno al que los calambres ya empezaban a mermar. Afortunadamente, el silencio no duró demasiado y alcancé a un chico, su nombre creo que era Alberto, de Madrid, cuyo ritmo era clavado al mío. Fuimos charlando un rato hasta el avituallamiento. Allí él encontró un compañero de grupeta y yo, por seguir la máxima de no detener la marcha en momentos de inspiración, proseguí el camino hasta la cima para coronar algo más de hora y media después de haber iniciado la ascensión.

En lo alto decidí esperar a mi compañero. Intenté cobijarme bajo un tejadillo al lado de la calzada, pero tampoco allí logré protegerme de las inclemencias del tiempo. Bajé con calma hasta el avituallamiento para de nuevo esperar. Allí los voluntarios –sin duda, una de las mejores cosas que posee esta carrera– consiguieron que me calentara con un par de calditos mientras aguardaba la llegada de mi compañero. Decidí seguir bajando sin prisa ninguna hasta que en el cruce para afrontar la subida a Hoz de Jaca de nuevo volvimos a juntarnos. Era nuestra primera Quebrantahuesos y el momento de la llegada a la meta había que disfrutarlo en familia.

Los poco más de dos kilómetros de Hoz de Jaca fueron un intercambio animado de sensaciones en el puerto anterior, a sabiendas de que los deberes ya estaban hechos. Recuperamos fuerzas y afrontamos con energías renovadas la llegada de vuelta a Sabiñánigo. No podemos negar que cruzamos la meta con cierta emoción, pues, después de tantas salidas de entrenamiento, tantos metros de acumulado, tantas exploraciones en busca de puertos más y más largos, habíamos logrado llegar a la meta que nos habíamos propuesto cruzar.

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Entrando por las calles de Sabiñánigo

El tiempo. Eso fue lo de menos. Oficial 8:53. Real 7:45. Con la lluvia, con el frío y con nuestra inexperiencia en marchas de gran fondo estábamos más que contentos. Estábamos radiantes. Entramos en meta, reencuentro con nuestras parejas, amigos y compañeros de fatiga. Abrazos e intercambio de enhorabuenas. Y lo más importante, sufrimos, padecimos, pero al mismo tiempo, nos lo pasamos bien. Esperamos que la diosa Fortuna nos sea favorable con el sorteo y nos permita regresar en la edición de 2017 para poder volver a decir de nuevo que en aquella edición, sí, también estuvimos allí.

img-20160618-wa0003Meta. Por fin.

N.B. Lamentamos el fallecimiento del participante que perdió la vida durante la disputa de la Treparriscos y queremos también honrar su memoria con estas líneas.

ref: https://coronandoelpuerto.wordpress.com/2016/12/21/quebrantahuesos-2016-si-estuvimos-alli/

 

 

Modificado por última vez en Jueves, 22 Diciembre 2016 18:03

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