Una Strade Bianche Gran Fondo al más puro estilo de los años 50 by cyclored

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Sterrato versión chocolate. Una Strade Bianche Gran Fondo al más puro estilo de los años 50, cuando el ciclismo era cosa de héroes que salían a la aventura y con el único objetivo de llegar al destino. Siena en la partenza. Siena en el arrivo. Y en mitad 131 kilómetros de lluvia, sterrato, épica, esfuerzo, colinas inacabables, muros del 20% y el sueño de 18 ciclistas Ciclored.

El caprichoso clima de la Toscana nos regaló una Gran Fondo Strade Bianche 2017 que será recordada muchos años por su dureza extrema. Las condiciones del domingo, una día después de la carrera de los profesionales, no fueron nada benóvolas. Al contrario. Exigían dureza física y mental. Una mezcla de placer y sufrimiento que sólo puede entender un ciclista amante de la épica y de los retos. Un perfil clasicómano para la Clásica del Norte más al sur de Europa.

Para superar el reto hizo falta remar mucho, a veces en el sentido literal de la palabra. La Strade Bianche propuso además de los 2.000 metros de desnivel en forma de serrucho las peores condiciones posibles. No contaba con la tenacidad de Óscar, Angel Luis, Sergio, Rober, Jordi, Josep, Emanuel, Juan, Juli, Gloria, Cippo, Javier, Carlos, Cristian, Goyo, Xavi, Rafel, Elena, y el que escribe y la inestimable ayuda de Bike Division. Y la falta de Alex… al que echamos de menos durante todo el viaje.

SÁBADO. PRIMERO LOS PROFESIONALES

Toda leyenda tiene un comienzo. Esta lo tuvo el viernes en Pisa, aeropuerto de llegada de todos los ciclistas. Sol y buenas temperaturas para ver la Torre y emprender camino a Siena, origen de la Strade Bianche. Para esta edición habíamos preparado un hotel en forma de convento del Siglo XIV en el casco histórico de Siena. Puro estilo italiano. Así que nada más llegar revisión de las 18 bicicletas que nos había facilitado el amigo Andrea de BikeDivision y a dar buena cuenta de la pasta y las especialidades gastronómicas de la ciudad. Paseo por la Piazza del Campo, meta de la Strade, el Duomo... y alguna cerveza para calentar el ambiente porque el sábado no tocaba madrugar.

Al contrario. Con partir a las 09.00 en bicicleta a la Fortezza Medicea era suficiente. Primero para ver la salida del pelotón femenino y después para pasear por los autobuses de los equipos Pro Tour. Tiempo para charlar con Bettini, fotografiarse con Cancellara, asombrarse con la musculatura de alguno de los pros, recordar las aventuras con Vicioso sus aventuras con Beloki, saludar a Nibali o departir con el siempre amigable Markel Irizar.

Salida de la carrera pro… y lluvia al canto. Nos tocaba rodar con agua hacia Monteroni de Arbia, inicio del tramo de sterrato de San Martino de Grania, de 9,5 kilómetros. Para nosotros el más duro de la Gran Fondo Strade Bianche del día siguiente. Calentamiento con algún repecho ‘escondido’ y a rueda del bueno de Andrea Tonti. Casi impolutos pese a la lluvia… hasta que entramos en el sterrato. Pelotón de 30 ciclistas, con la incorporación de José Luis Rebollo, y a comer tierra.

Subidas del 18%, bajadas rapidisímas y el viento de costado como ‘amigo’. Tiempo para depurar la técnica del sterrato, que en muchas ocasiones es similar al de los adoquines. Toca elegir trazada, prevenir curvas y tocar el freno lo menos posible. Diez minutos después lo atraviesa el pelotón profesional ya completamente roto. Escapada con Pinot y por detrás Lotto organizando la captura. Falta Sagan y justo después de la salida del tramo más de medio pelotón se marcha a Siena por la vía corta.

Nosotros, un pelín masocas, nos metemos otro tramo de sterrato para ver la carrera a 20 de meta. Repecho interminable al que llegan sprintando Kwiatkowski y Wellens. Plato enganchado para abrir gas frente a Van Avermaet y Stybar. Sientes el sufrimiento muy cerca con la cara del noruego Truls de Astana. Casi interactuas con el ciclista. Italia es así. Sin coche de cierre te dejan incluso rodar con los descolgados hasta 10 kilómetros de retorno a Siena.

En el hotel el Garmin canta 60 kilómetros, 1.600 metros de desnivel y algo de barro. Una referencia más que válida para lo que nos espera al día siguiente. Eso sí, las penas con pizza, foto con Basso y Cancellara en la recogida de dorsales y kilos de pasta y carne del restaurante Vivace son más fáciles de llevar.

DOMINGO. CHOCOLATE STERRATO

Si en el briefing nocturno el tema de conversación era la dureza de la Strade Bianche para Wellens y compañía, en la mañana durante el desayumo cambió a cuantas capas impermeables había que llevar. Nublado de frente y primeras gotas antes de partir a la Fortezza Medicea, salida de la ciclodeportiva (sí, aquí en Italia se puede correr todo lo que se quiera y hay premios para los primeros). Toca cruzar la ciudad por el Duomo y los turistas nos miran raro. ¿Donde irán estos con la que va a caer? Se preguntarían. Y tenían toda la razón.

El primer ejercicio de fortaleza mental lo hicimos en la misma ‘partenza’. Quince minutos aguardando bajo la lluvia no dejaron dudas. Chubasquero de salida e infinita precaución porque toda la strade no iba a estar solo mojada, sino con charcos. Una pista de patinaje, vaya. Y más dentro de un pelotón de 5.000 ciclistas. Así las pedaladas fuertes nada más dar la salida servían para subir los repechos a fuego e intentar entrar en calor. Casi 15 kilómetros de repechos para entrar en batalla antes de Vidriatta, el primer sector de sterrato. Sólo dos kilómetros y totalmente planos, pero suficientes para ponerse de barro desde las calas hasta el casco y comprobar que la tierra resbalaba casi menos que el asfalto.


Las cuestas arrancan solo tres kilómetros después en el sector de Bagnaia. Casi cinco kilómetros de mezcla de asfalto roto y sterrato con picos del 10%. Y como la alegría va por barrios los escaladores recibimos con soberana alegría la ‘tachuela’ para terminar de entrar en calor, porque llover… todavía seguía lloviendo. Era el impulso necesario para bajar a Radi, llegar al primer avituallamiento y dejar de lado la tentación de la versión medio fondo de la Strade Bianche. La meta pasaba de estar a 40 kilómetros en la distancia corta a 100 en la versión larga. Pues.. a disfrutar, ¿no?

Y nada más salir del avituallamiento (algún higo y bollo con mermelada cayó) rampa, sterrato y a seguir remando. Cuatro kilómetros del sector tres en busca de Lupompesi, descansillo de asfalto y otros 5,5 kilómetros del sector cuatro desde Murlo hasta Bouconvento, donde la marcha se desvía a la izquierda y obvia el recorrido profesional que pasa por Montalcino.  Hasta el tráfico había estado prácticamente cortado, pero en los 12 kilómetros planos hasta Monteroni de Arbia toca compartir ruta con los coches y 50 ciclistas italianos con la planta de Andrea Tafi y ganas de volar. Por lo menos ahora el único agua que nos mojaba era el del asfalto y la rueda trasera del que llevamos delante.

Monteroni marca el ecuador kilómetrico (61) y de tramos de sterrato (llevábamos cuatro de ocho) de la GF Strade Bianche, pero lo que quedaba por delante era infinitamente más duro que lo ya pasado. En primer lugar el tramo de San Martino in Grania. Casi 10 kilómetros de sterrato con subidas al 17% y descensos vertiginosos. A esta zona la carrera profesional ya llegó rota el día anterior y para nosotros arrancaba al sufrimiento. Lo bueno, que ya sabíamos donde nos metíamos. Así que a quitar plato en las subidas y precaución máxima en las bajadas. Sobre todo porque el recorrido de los frenos cada vez era menor. El sterrato y el agua se las habían comido. Tanto que alguno tuvo que hacer un adelantamiento tipo moto GP en la bajada para controlar la bici.

Al menos comenzaba a salir el sol para parar unos minutos en el avituallamiento y otro rato en la asistencia mecánica que tenía montada Bikedivision. Tocaba revisar unas bicis que parecían venidas de una carrera de ciclocross. Barro por todos los lados. Limpieza de transmisión, engrasar cadena, revisar aprietes de dirección… y a rodar. Quedaban 35 kilómetros hasta el siguiente sector de sterrato pero no fueron de transición. Primero una colina, luego otra, una más. Un sube y baja continuo por la Toscana que nos ayudó a quitar parte de las costra de barro del culotte y a dejar las piernas al límite.

Eso sí, el retorno al sterrato en San Vico de Arbia era más cruel todavía. Rampa de 800 metros de esas que se ven desde lejos con picos del 18%. Dolor extremo. Allí el recorrido se unía a la versión medio fondo. Descenso y una nueva rampa, esta vez en asfalto, al 14%. Justo donde un día antes habíamos visto sufrir a los profesionales subiendo a plato. Avituallamiento con te caliente (había empezado de nuevo a llover y se agradecía) y más aceite para las cadenas.

Cartel de 21 a meta, giro a la derecha y llega el Colle Pinzuto, el séptimo tramo de sterrato y que es algo así como un aguijón entrando a la altura del cuádriceps. Casi dos kilómetros y medio en continua subida. Tramos al 15% y algún descansillo. Un cartel de seis kilómetros a Siena engaña a la mente y a las piernas. Esa es la vía corta. Nos toca rodear toda la ciudad y subir el millón de colinas que la circundan. Entre ellas el sector octavo de sterrato de Le Toffe, que empieza con una bajada vertigionosa en recta para probar los frenos… y acaba mirando al cielo, como el resto.

Un rodeo más a Siena para acumular metros de desnivel (más de 2.000 en toda la Strade Bianche) y giro a la derecha para cruzar la muralla. Da tiempo a despojarse del chubasquero para salir ‘guapo’ en la foto mítica de la ascensión adoquinada de la Via Santa Caterina. Una pared de esas en las que hace falta coger aliento y fuerzas mentales antes de subirla. De las que desaniman con solo mirarlas. Además con loseta mojada, que hace dudar sin al ponerse de pie patinarán las ruedas. Esfuerzo al límite para meterse en la ciudad y descender (ya con sol) hasta la curva de entrada a la espectacular y gigantesca Piazza del Campo. Speaker animoso dando voces a todo el que entra. Pero allí no hace falta animar a ninguno de los ciclistas. El subidón es máximo al pensar lo que has hecho… y al verte embarrado igual que cuando tenías diez años y temías una reprimenda materna. Aquí en cambio triunfa la foto, el selfie y avisar en casa y a la grupetta de lo que acabas de hacer.

Lo mejor, los 500 metros desde la meta al Hotel para entrar en la ducha con agua caliente... bueno, antes había que despojarse de tres kilos y medio de barro en botines, guantes, chubasquero, perneras, casco, gafas, culotte… Casi que entrabas más ligero a la ducha. Eso sí, al siguiente paso dudabas si ir directamente a la cama o comer en la pasta party de la Fortezza Medicea. 


Casi de uno en uno. Embarrados. Cansados. Con dolores por todo el cuerpo. Y con cara de felicidad. Así llegaron uno a uno todos los ciclistas Ciclored al hotel. Bicicletas cubiertas de barro y trabajo extra para Bikedivision en tareas de limpieza. Un millón de anécdotas para contar en la cena de Vivace con risotto, pasta, carne, pescado, tiramisú, birra Moretti, vino de la Toscana y 20 ciclistas hablando sin parar de la dureza imprevista de la Strade Bianche y de lo feliz que se puede sentir uno después de superar un día de perros como el que nos tocó vivir. En 2018 volveremos y ya hemos avisado a la compañía aérea que el avión volverá con sobrepeso de felicidad (y barro).

ciclored

Modificado por última vez en Miércoles, 08 Marzo 2017 18:48

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